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Programa de Artistas Residentes

El arte ayuda a comunidades a valorar el Estuario de la Bahía de San Juan

Los residentes de Caimito, Las Monjas y El Ancón abrieron las puertas a los artistas Omar Torres Calvo, Samantha López Muñiz y Jomary Ortega Rivera para que, con sus manos, compromiso y creaciones, dejaran huellas

El mural, titulado “El plato ilustre”, forma parte del Programa de Artistas Residentes establecido por el Estuario de la Bahía de San Juan. (vanessa.serra@gfrmedia.com)
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El arte se entrelaza, se manifiesta, se vive y llega hasta la esencia de las comunidades en donde se labora con la restauración de los cuerpos de agua.

Dando esto por ganancia, los residentes de Caimito, Las Monjas y El Ancón abrieron las puertas a los artistas Omar Torres Calvo, Samantha López Muñiz y Jomary Ortega Rivera para que, con sus manos, compromiso y creaciones, dejaran huellas…

Sus iniciativas fueron parte de la primera edición del Programa de Artistas Residentes establecido por el Estuario de la Bahía de San Juan que —a través de una convocatoria — los artistas presentaron sus propuestas para, luego, ser seleccionados por un jurado compuesto por expertos en las artes culinarias, visuales y en música.

 “El programa es una iniciativa que normalmente se hace en comunidades, especialmente en Estados Unidos, donde el artista llega a la comunidad, trabaja a través de talleres, elabora un material artístico con la comunidad y de ahí se supone que haya, eventualmente, un proceso de sanación y empoderamiento”, explica Brenda Torres Barreto, directora ejecutiva del Programa del Estuario de la Bahía de San Juan, quien señaló que se trata de una iniciativa atrevida ante los fondos que el programa recibe porque no se trata de algo técnico, sino de un proceso.

“El enfoque es que haya un compromiso, de que a ese artista le importe la comunidad para que a sus residentes les importe el agua. Para la primera ronda fuimos bien afortunados. Son artistas que realmente les importa lo que están haciendo”, añade.

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Al centro, Brenda Torres Barreto, directora ejecutiva del Programa del Estuario de la Bahía de San Juan. (vanessa.serra@gfrmedia.com)

El Estuario de la Bahía de San Juan se trata de un gran ecosistema donde se mezclan las aguas dulces con el mar, en toda la costa, desde Toa Baja hasta Loíza. Esta zona incluye los ríos y quebradas que pasan detrás de las casas y bajo los puentes, desde el monte hasta la playa. Cubre ocho municipios del área metropolitana: Toa Baja, Bayamón, Cataño, Guaynabo, Trujillo Alto, San Juan, Carolina y Loíza.

Manejar un plan de restauración de los cuerpos de agua de manera bien comprensiva ha sido el norte de este programa por los pasados 25 años, que además trabaja con agua, hábitats, manejo de desperdicios sólidos, la infraestructura verde y, sobre todo, la educación y envolvimiento comunitario.

De acuerdo con Torres Barreto, pasado el huracán María, nació una conexión y un proceso de envolvimiento de una manera holística en la cual, de manera intencional, el estuario aborda temas que tienen que ver con la economía, la cultura y el arte, incluyendo el culinario. Con la solicitud de fondos adicionales a las agencias federales de protección ambiental, se logró crear una unidad de resiliencia comunitaria. Actualmente cuenta con cinco centros resilientes, entre ellos: Viejo San Juan y Escuela La Goyco en la calle Loíza.

Junto a Harold Manrique, coordinador del Programa de Voluntarios de Monitoreo de Calidad de Agua, y Lara Medina, coordinadora de Resiliencia Comunitaria en Arte y Cultura, hicimos un recorrido por otros tres centros en las comunidades Caimito, Las Monjas y el Alcón.

Reviven “el pom” en Caimito

La carretera 842 por el barrio Caimito, conduce hacia la Escuela Segunda Unidad Inés María Mendoza, donde un colorido mural habita en su amplio patio. No se trata de un arte cualquiera. Muchas manos le dieron vida a esta obra, liderada por los artistas Omar y su esposa Samantha, y que fue titulada “El plato ilustre”.

Antes de que en junio pasado recibiera sus primeros trazos, brochazos y pinceladas por estudiantes de diversas edades y grados, Omar y Samantha junto con otros alumnos, realizaron una investigación etnográfica, que consistió en entrevistas a personas longevas de esa comunidad, sobre qué consumían, qué sembraban y qué cosechas eran abundantes en su zona.

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Los artistas Samantha López Muñiz y Omar Torres Calvo impactaron las comunidades de Caimito, en San Juan, y El Ancón, en Loíza. (vanessa.serra@gfrmedia.com)

Como parte de dicho trabajo de campo, resultó ser el pom uno de los platos típicos que se elaboraba hace más de 120 años y que cobra protagonismo en el mural. Fue con la integración del chef Eliel Pérez que se realizaron pruebas para recuperar la receta, elaborada con productos de la tierra como viandas, especias, jengibre, clavo, canela y coco fresco.

“En el mural está representada la quebrada Chiclana que luego se convierte en el Río Piedras, que ha sido muy importante por su lucha para salvar esa parte ambiental de la comunidad. Además, están representados los diferentes alimentos que se fueron investigando a través de las entrevistas etnográficas, como la yuca, la batata, el ñame y la calabaza. En el centro están las manos. Son las manos de Caimito sosteniendo el pom. La receta que ellos salvaguardan, cuidan y protegen. Una receta que estaba en peligro de extinción. La idea de este proyecto conectado a la comunidad es que la receta se pueda seguir haciendo y rescatándola”, indica Omar.

Por su parte, Samantha añade: “Este mural es una celebración de los alimentos que forman parte de la historia ancestral de esta comunidad y de cómo estos alimentos son ahora también celebrados por las nuevas generaciones, para que pueda haber una consistencia y una salud humana como del medioambiente”.

Ha sido una iniciativa que estrechó lazos comunitarios. Incluso, junto con el mural hay un poema inspirado por la residente de Caimito, Norma Villegas, el cual tituló “Barrio y estuario”, y quien lo declamó en nuestro encuentro que culminó con la degustación del mencionado plato.

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El mural es una celebración de los alimentos que forman parte de la historia ancestral de la comunidad de Caimito. (vanessa.serra@gfrmedia.com)

“Como parte de la contaminación mundial están los desperdicios de aceite que están llegando al estuario y a los cuerpos de agua. Parte de la idea del pom es reconocer estas recetas ancestrales que no conllevaban el uso de aceite, que provienen de cosechas frescas locales y que la nueva generación la tiene disponible para seguir creando el cambio y seguir alimentándose de una manera saludable”, resalta Omar. 

Tejiendo experiencias con la enea

No solo comenzaron a aprender a elaborar tejidos, sino que, con cada movimiento manual, iban tejiendo historias. Niños y adultos de todas las edades aprendieron a crear con la planta enea mientras intercambiaban detalles de la historia de su comunidad Las Monjas —una de las ocho comunidades que viven adyacentes al Caño Martín Peña.

Estos fueron guiados por la artista plástico Jomary Ortega Rivera. Como parte de su propuesta, Jomary tuvo a su cargo los talleres de confección de enea por tres meses a los residentes con el propósito de que reconocieran su potencial como una alternativa de ingreso. Desde el pasado mes de julio, tuvo la gran satisfacción de comenzar a instruirlos sobre las peculiaridades de esta planta.

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La artista Jomary Ortega Rivera diseñó talleres para la confección de obras con la planta enea en la comunidad Las Monjas, en San Juan. (vanessa.serra@gfrmedia.com).

“La enea es como un tejido por dentro, tiene trama y urdimbre. Como es una planta del agua, una vez se corta, se seca, pero si la humedeces otra vez, se vuelve maleable. La puedes controlar y la puedes manipular, como si fuera un tejido”, explica la también maestra de educación alternativa democrática.

Aunque la enea es una planta que es considerada una peste, la creativa la considera muy amable. Reconoce que, aunque se apodera de las aguas dulces, la enea también puede filtrar, eliminar olores y con ella se pueden crear muchos trabajos.

“Es muy accesible. Yo la corto en la avenida Kennedy. Hay mucho material y pienso que puede ser un medio económico que sirve como alternativa de ingreso. En Las Monjas se dio un encuentro muy lindo. Una vez que uno comienza a tejer y a elaborar un tejido, uno quiere hablar sobre su vida, sus problemas, sus alegrías y eso fue lo que ocurrió en los talleres. Así supe historias de sus vidas en el caño, cómo sus abuelos construyeron las calles, las casas, cómo se bañaban en el caño cuando eran pequeños. El tener esas personas hablando con otros niños trabajando fue una experiencia bien chévere. Todos aprendimos un montón de historias, además de que aprendimos a trabajar con la enea”, relata.

Utilizar la enea para hacer creaciones ayuda a alivianar los espacios que están inundados de esta planta y que acaparan el agua potable. “Si alguna vez quisieran cosechar enea, mi único pedido es que, una vez veas en donde está el agua, mide uno, dos o tres pies y ahí se puede picar. Porque en la parte de abajo anidan coquíes”, alerta.

Reconexión con la sabiduría

Suenan los tambores en uno de los centros resilientes del estuario, localizado en El Ancón; esa región que ubica al lado del Río Grande de Loíza. Este espacio histórico era donde cruzaba el antiguo Ancón de Loíza, usado como principal vía de comunicación terrestre, única entrada y salida de Loíza.

Parte de la ricura de este pueblo no solo es la música, sino los sabores gastronómicos que siguen latentes en los residentes. Al conocer sobre este centro, Omar y Samantha sintieron el llamado por la conexión que tienen con la parte cultural y la tradición loiceña. Por eso, presentaron una propuesta similar a la de Caimito, que incluía la fase investigativa, los hallazgos y el desarrollo del arte.

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Una residencia en la comunidad El Alcón en Loíza es uno de los centros resilientes, que se ha convertido además en un centro cultural. (Suministrada)

 “Cuando visualizamos la cuenca hidrográfica, sus diferentes comunidades importantes y la calidad de agua, seleccionamos a Loíza por todo lo que nos da y lo que tiene para aportar. Sentimos la necesidad de reconocer y celebrar a Loíza”, destaca Samantha.

En conjunto con estudiantes de la Escuela Superior Vocacional de Loíza realizaron el arte, ubicado en una residencia que se ha convertido en un espacio cultural. Cuando recibieron los hallazgos, las recetas más populares resultaron ser las confeccionadas en el burén o la plancha en donde nuestros indígenas hacían el casabe.

Realizado en PVC y simulando una distintiva máscara de vejigante, utilizaron pintura en acrílico, y materiales que provienen de la palma de coco. Asimismo, resalta la tradición del burén con un collage de imágenes de la arepa amarilla, la arepa de arroz y el casabe. El fuego es representado con unas hojas de guineo que representan a los mangles —parte del ecosistema del estuario— y los colores que insinúan el atardecer de Loíza.

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Arte realizado en PVC que simula una máscara de vejigante y resalta con imágenes la tradición del burén. (Suministrada)

“La idea también era ser primitivo, ancestral, irnos a lo más simple. Que chocara un poco con lo estético y limpio, con esa estética de la naturaleza, la imperfección, la textura y el color. Un poco de ese contraste”, explica Omar.

Tanto Minerva Ramos como Aracelis Pizarro, maestras del burén y residentes de El Ancón, pusieron de manifiesto su dominio de las recetas de la arepa amarilla y la de arroz ante los estudiantes para que conocieran sobre su complejo proceso de confección y no se pierda la tradición.

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Arepas amarilla y de arroz, distntivas de la comunidad El Alcón. (Suministrada)

“Esta es una colaboración muy importante. Si el colectivo de El Ancón es exitoso en su llamado de revitalizar, podríamos apoyar a muchas familias y al desarrollo socioeconómico de esta área”, concluye la directora ejecutiva del Programa del Estuario de la Bahía de San Juan.

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