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¿Padeces del síndrome del padre o madre quemado?

Ser padres es una tarea compleja y agotadora. A continuación, una lista de indicadores para saber si sufres de este mal

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Si tú no estás bien, tampoco tu familia. Procura sacar aunque sean 30 minutos para desconectarte y hacer algo que disfrutes. (Shutterstock)
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Recientemente, mientras facilitaba uno de mis talleres para padres, observé en el público a una joven madre llorando. Al concluir el evento se me acercó, me dio las gracias y me pidió excusas por no poder controlar sus lágrimas. Le respondí que no se preocupara, pero ella necesitaba hablar y me dijo que se sentía muy cansada, angustiada y hasta deprimida con todas las cosas que tiene que hacer en el día a día con sus hijos. Además, me indicó que, muchas veces, se sentía sobrecargada y sin control, lo cual provocaba que de vez en cuando les gritara a sus hijos.

Estos síntomas muy probablemente son el resultado de lo que se conoce como el síndrome del padre quemado. Así como existe la quemazón laboral y el síndrome del cuidador quemado, que se refleja en desgaste emocional y físico, los padres también tenemos mucha carga que puede desembocar en quemazón.

Ser padres es una tarea compleja y agotadora. Tenemos una carga de trabajo excesiva, particularmente cuando sumamos el trabajo fuera del hogar a las responsabilidades familiares. Vivimos con muchas presiones y expectativas de ser buenos trabajadores, padres, hijos, hermanos, vecinos, amigos, entre otras. En muchos casos, nos sobrecargamos y llenamos el plato con más cosas de las que son razonables manejar. Conozco muchas familias en donde los niños tienen demasiadas actividades sociales y extracurriculares que terminan sobreestimulados. 

Es esencial que separemos tiempo para cuidarnos y alimentar nuestro cuerpo y espíritu para evitar la quemazón. Debemos tener el convencimiento de que, para ser mejores padres, tenemos que sentirnos bien con nosotros mismos. 

Aquí ofrezco algunos indicadores para saber si estamos sufriendo del síndrome del padre quemado.

  • Fatiga y cansancio extremo
  • Malestar físico general: dolores de cabeza, tensión y espasmos musculares, alergias en la piel y resfriados recurrentes  
  • Cambios de humor e irritabilidad
  • Falta de paciencia
  • Explosividad o cambios abruptos de temperamento
  • Consumo inadecuado de alcohol
  • Estrés y ansiedad de manera intensa
  • Cambios en patrones de sueño
  • Ganas de llorar sin razón aparente
  • Aumento o disminución en el peso

Qué hacer

Entre las acciones que podemos tomar se encuentran las siguientes:

Comunícate y divide las labores con tu pareja.  Expresa tus emociones y pide ayuda.  Si no tienes pareja,  crea un grupo de apoyo.

Procura apoyos. Muchas veces, tememos pedir ayuda, pero hay muchas personas en disposición de aliviar tu carga.

Saca tiempo para ti.  Si tú no estás bien, tampoco tu familia. Procura sacar aunque sean 30 minutos para desconectarte y hacer algo que disfrutes.

Planifica tu tiempo.  Organízate de antemano para evitar situaciones estresantes. 

Cuida tu salud. Haz ejercicios, aliméntate bien y duerme, al menos, siete horas diarias.

Haz algo que te relaje. Practica técnicas como meditación o lectura que te permitan mejorar tu estado emocional.

No busques ser un padre perfecto. Acepta que con la llegada de tus niños hay cosas que van a cambiar como, quizás, el orden en la casa o la puntualidad. No te pongas presiones demás. 

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