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Come saludablemente

La relación entre comida y la culpa

¿Por qué el comer, una de las manifestaciones culturales y físicas más importantes, carga con tanto estigma? ¿Por qué demonizamos algunos alimentos?

  • Por Ana Teresa Toro / Especial para Por Dentro
  • 03 FEB. 2019 - 05:00 AM
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La relación de la comida con la culpa es muy antigua. (Shutterstock)
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Somos el animal que cuenta historias, por lo tanto, es natural que existan incontables narrativas alrededor de una de las necesidades fundamentales del cuerpo humano: alimentarse. De esas narrativas surge la infinidad de manifestaciones culturales en torno a la comida. 

En algunos países, culturas y religiones hay alimentos prohibidos y sagrados; hay recetas en las cuales es posible encontrar la historia entera de una civilización; hay alimentos que evocan memorias y sabores que han cambiado el rumbo del mundo. El aceite —esa agua de carga como le llama el poeta Fabio Morábito—, el azúcar o el café son algunos ejemplos. 

En Argentina se toma la yerba mate, en Italia una buena pasta se come al dente, en México el maíz es rey, los estadounidenses comen pavo en noviembre, en Venezuela manda la arepa y en el Caribe gobierna el plátano y comemos mofongo y mangú, arroz y habichuelas.

El acto mismo de comer, por más esencial que sea para la vida humana, carga consigo una densidad cultural que es innegable. Y en las épocas festivas, esto se manifiesta de manera más abrumadora. 

En nuestras familias puertorriqueñas se cocinan los platos y bebidas típicas: pasteles, lechón, arroz con gandules,  guineos en escabeche y pitorro, entre otras delicias. Para muchos, los aromas que emanan estos alimentos son motivo de alegría, de confort y de una sensación de seguridad que deriva del saberse amado por la tribu familiar. Sin embargo, para muchísimas personas —y cada día para más— la sola mención de estos platos simboliza algo muy distinto al placer y al bienestar. De inmediato se cuentan calorías, se calculan porciones y casi siempre se llega a la misma conclusión: se comerá sí, pero se comerá con culpa. 

La relación de la comida con la culpa es muy antigua. Después de todo, es la gula un pecado capital y, en el caso de la cultura contemporánea, llevamos décadas construyendo relaciones antagónicas con los alimentos en las sociedades donde abunda la comida.

Primero se demonizaron las grasas y mientras declarábamos la guerra a la mantequilla y al aceite, nos matábamos haciendo vídeos de ejercicios o gastábamos importantes sumas de dinero en compañías de dietas como Weight Watchers o Jenny Craig que encontrarían en la isla, una acogida similar a la ya alcanzada en los Estados Unidos. Tiempo después el nuevo enemigo serían los carbohidratos y nuevos modelos dietéticos como la dieta South Beach o la Atkins serían emuladas por cientos de miles de personas.

Hoy día, los cañones van sido dirigidos al gluten y aunque el número de personas que genuinamente son celiacas y requieren una dieta sin gluten es bajísimo, existe una robusta industria de alimentos sin este componente. La industria del bienestar acapara todos los aspectos de la vida cotidiana y de los mensajes que recibimos del mundo de la publicidad y el mercadeo, así como de las redes sociales o, incluso, de las últimas investigaciones científicas en torno a algo que de tan natural, pareciera que ya no sabemos hacer: ¿qué comer?

¿Cómo comer saludablemente?
El estudioso del tema, el estadounidense Michael Pollan, encontró en una frase la respuesta a esta pregunta: Come comida, no demasiada, mayormente plantas. Lo establece así por entender que aquellos alimentos que no vienen de una planta, y que más bien fueron hechos en una planta, no deberían tener la dignidad de llamarse comida. Pero su credo no satisface a un sector más crítico de su obra, que considera que esa idea no toma en cuenta las relaciones psicológicas, económicas, sociales y de raza que atraviesan el acceso a la alimentación, particularmente, en los Estados Unidos pero también alrededor del mundo.

Pues, la llamada dieta occidental cada día se reproduce más alrededor del mundo, con sus naturales efectos negativos en la salud. Y a su vez, cada día más personas viven obsesionadas con una dieta saludable —promoviendo “limpiezas” de jugos o casi venerando vegetales como el kale— al punto que ya existe un nombre para esta actitud hacia la comida, la ortorexia, un término que aunque aún no es considerado un desorden alimenticio, ya va generando preocupación en la comunidad que estudia y trabaja con estos desórdenes. Pues, una cosa es comer saludable y otra cosa es tenerle miedo a la comida. 

Aprender a comer otra vez
Entonces, ¿tenemos que aprender a comer desde cero otra vez? Para la autora estadounidense Virginia Sole-Smith esta pregunta, que solía explorar como periodista y escritora de temas relacionados a la salud y la alimentación en revistas, tomó un giro demasiado cercano. Pues, su pequeña bebé Violet (hoy día una niña de 5 años saludable), luego de tener que atravesar a pocos meses de nacida, una operación de corazón abierto, se negó a comer durante meses. El no poder alimentar a su bebé y la constante exposición y análisis de la cultura en torno a la comida en los Estados Unidos, la llevó a investigar y escribir el libro The Eating Instinct: Food Culture, Body Image, and Guilt in America, de reciente publicación. 

En el libro la autora se sumerge en las cocinas y hogares de mujeres (por ser quienes llevan la mayor carga social respecto a estos temas) en medio de sus recuperaciones de operaciones bariátricas, de personas que solo comen siete u ocho alimentos, de familias con poco o mucho presupuesto para comprar alimentos, de maestros que quieren transformar las dietas de sus alumnos y, sobre todo, en la mesa de su casa, junto a su hija, descifrando cómo enseñarle a comer y dándose cuenta de que muchas personas están en la misma búsqueda que su bebé. 

“La cultura de la comida diría que está hoy en un nuevo lugar. Nos hemos movido de las dietas y ahora hablamos de limpiezas, de bienestar. Pero creo que hemos empezado a engañarnos a nosotros mismos, en parte por lo que se conoce como el movimiento de la cultura alternativa que personas como Pollan han promovido y que sí tiene un gran valor. Se ha logrado crear mucha conciencia con el tema ambiental pero creo que en el fondo, para la mayoría de las personas, se trata de bajar de peso y no necesariamente de alcanzar buena salud”, observa la autora para quien figuras como Gwyneth Paltrow, “con sus pantalones de yoga y vegetales carísimos, muestra un estilo de vida que la mayoría de la gente no puede acceder”. 

Una distorsión moral 
El juicio moral en torno al cuerpo y a la comida que cada cuerpo consume es uno de los asuntos que más le preocupa. “Se asume que la salud está enteramente ligada al peso de una persona y no es cierto. La data científica muestra cómo no siempre correlación es sinónimo de causa. Para cada investigación que plantea un argumento, existe un contrario. Es muy complejo. Una persona delgada puede ser diabética, del mismo modo que una persona con un cuerpo más grande puede estar perfectamente saludable”, expone toda vez que recalca cómo esto se traduce en discriminación en el trabajo y en otros aspectos de la vida.

“Claro que hay alimentos más saludables que otros, pero demonizar la comida y a las personas es muy injusto. Se asume que si eres gordo eres indisciplinado o mala persona y eso no es cierto. Hay demasiados factores en juego”, señala la autora para quien movimientos como el llamado “Body Positive”, que busca reforzar la noción de belleza en todos los cuerpos, de todos los tamaños y formas debe continuar expandiéndose. Quienes lo critican como una exaltación de la obesidad , “sencillamente no entienden que es posible ser saludable en cualquier tamaño. Es una distorsión de lo que es moral”. 

Una escena importante en el libro, muestra cuando una joven blanca en medio de un mercado agrícola, asume que un hombre negro no sabe lo que es el bok choy (col china) y procede a explicarle cómo prepararlo.

“Esto sucede aún cuando hay muchísima cocina de tradición afroamericana que incluye estos ingredientes mucho antes que este movimiento los descubriera. Hay una cuestión de clase y de raza muy fuerte y quería que los lectores blancos se sintieran incómodos y se vieran reflejados. Además, yo soy una mujer blanca de clase media alta y no sabía lo que era tampoco”, dice marcando así los estereotipos: si comes saludable, eres de cierta clase y un largo etcétera. 

Otra escena ilustra la complejidad del problema. Está en un cumpleaños y una niña de unos 7 años se niega a comer bizcocho. “Es malo para ti”, dice la niña. Y Sole-Smith se queda reflexionando acerca de cómo esta cultura busca eliminar la noción del confort de la comida. “¿Por qué la comida no puede hacernos sentir bien? Si se trata sobre todo de nutrir y es parte de la experiencia humana”, se cuestiona convencida de que la solución está tanto en la comunidad como en el gobierno.

“La política pública tiene que preguntarle a la gente qué necesita, cómo quiere alimentarse y respetar las tradiciones y culturas. Mientras que en el hogar debemos dejar de demonizar la comida y aspirar a comer de manera intuitiva. Si algo es prohibido queremos más, si no lo es, podremos escuchar a nuestros cuerpos y tomar mejores decisiones”. 

Aunque en Puerto Rico estas tendencias no se manifiestan del mismo modo que en los Estados Unidos, la influencia es notable. La búsqueda de la salud es un afán de todos, y quizás ahí radica la búsqueda del balance. A juicio de Sole-Smith se trata de acercarnos a la comida sin reglas, escuchando nuestros cuerpos que son sabios y siempre nos están hablando. Para muestra, el sonido de las tripas. 

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