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Le dona su riñón

Joven le devuelve la vida a su hermano al donarle un riñón

Conoce la hermosa historia de Joan Flecha y Zeliris, a quienes acompañamos durante el proceso en Dallas

Joan y Zerilis atravesaron un extenso y complejo proceso de exámenes hasta que se determinó que eran compatibles. (Ángel Luis García/ GFR Media)
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Semanas luego del huracán María, Por Dentro entrevistó a un joven en espera de un riñón, en Humacao, uno de los pueblos más afectados por la catástrofe. El reportaje multimedia "La lucha sin tregua de Joan Flecha", publicado el 17 de enero de 2018, ayudó a visibilizar las dificultades de los pacientes de diálisis en Puerto Rico. Un año y cuatro meses después, viajamos a la ciudad de Dallas y te contamos la historia de su trasplante).

“Ahora vas a estar completo”, le dijo ella a él, su hermano más joven, “mi nene”, como suele llamar al chamaco que por cuatro años ha vivido con riñones inservibles, dolores agudos y la preocupación de que su cuerpo colapse en cualquier momento y la vida se le escape.

“Te amo con todo lo que tengo”, reaccionó Joan Flecha, de 29 años, en el pasillo de un centro hospitalario en Dallas, Texas.

“Nos vemos al otro lado”, le respondió Zeliris Flecha, seis años mayor. Se sentía tranquila, pese a que, en poco tiempo, quedaría dormida por la anestesia y no sería la misma al despertar. Estaba por desprenderse de uno de sus riñones, para donarlo a ese muchacho que vio nacer y que se fue enfermando, en ocasiones casi al borde de la muerte, sin ella poder hacer nada. Hasta ahora.

“Te debo mi vida”, se escuchó en la entrada de la principal sala de operaciones del Methodist Dallas Medical Center, donde casi 500 puertorriqueños han sido trasplantados a la fecha. Siete de cada diez de esos boricuas recibieron un riñón, reflejan los datos del hospital. El turno era ahora de Joan.

La espera ha sido larga para ambos, quienes viajaron desde el municipio de Humacao para este momento.

Los dos hermanos, abrazados, comenzaron a llorar. Fue un hasta luego lacerante. Fue además una bienvenida a la tregua que Joan tanto había anhelado en su lucha de supervivencia. El día, 14 de junio de 2019. El momento preciso, 6:24 a.m.

Minutos después, los separaron. Zeliris y Joan no sabían cuándo se volverían a ver.

Tras un maratón quirúrgico de cinco horas, el trasplante se logró. Zeliris vivía ahora dentro de su hermano. El mejor regalo que pudo haberle dado: un riñón y la esperanza de volver a tener una vida normal.

El preludio

Esta donación fue el resultado de un proceso de exámenes minuciosos y a veces invasivos para Zeliris.

Por seis meses, los doctores monitorearon todo su cuerpo para garantizar que estaba emocional y físicamente lista. Pinchazos constantes. Radiografías. Tomografías computarizadas (CT scans). Incluso, un estudio electrofisiológico que requirió incisiones en la ingle y el cuello para comprender la actividad eléctrica de su corazón. “No puede haber errores y eso te pone ansiosa. Lloré porque llegué a creer que no se iba a dar la operación”, recordó.

A pesar de las molestias, los dolores y la angustia, jamás se le cruzó quitarse del proceso. Cuando confirmó tener el mismo grupo de sangre (A positivo) y pasó todas las pruebas de compatibilidad genética, Zeliris enfocó su energía en la necesidad de Joan.

“Vale la pena porque mi hermano lo vale. Por él hago lo que sea; mi hermanito es todo para mí. Esto es una oportunidad para que tenga calidad de vida. Es triste verlo sufriendo tanto porque él no se merece eso. Es una persona alegre y luchadora que le gusta ayudar a los demás; comprensivo, sentimental”, contó la noche antes de la cirugía.

Aunque siempre hay riesgos al donar un órgano en vida, Zeliris decidió confiar en los médicos. Poco antes de ser operada, dijo que no temía morir. Algo, no obstante, la tenía preocupada.

“Mi miedo es perder a mi hermano. Es bien fuerte porque la mente te trabaja. ¿Y si lo rechaza (al riñón) al momento (del trasplante)?”, se preguntó.

Zeliris es madre, pero contó que la lealtad de los Flecha en este proceso trasciende generaciones.

“La familia está contigo en las buenas y en las malas. Mis tres hijos (de 8, 12 y 17 años) están en Puerto Rico. Ellos saben por qué estoy aquí (en Dallas) y me han apoyado al 100%. No hay negatividad, aunque me extrañan mucho y están esperándome, así que todo va a salir bien y sé que los voy a ver pronto”, recalcó la ama de casa.

Sus palabras conmovieron esa noche a Joan. “Una parte tuya estará dentro de mí”, le dijo incrédulo. Incluso, horas antes del trasplante, le parecía mentira. Llevaba cuatro años esperando.

El joven bajó lentamente la cabeza. Al levantar la mirada, entre sollozos, hizo una confesión.

“Si no fuera por ti, no sé qué hubiera hecho. Me sentía perdido; devastado”, admitió.

“Si fuera a la inversa, yo por ti daría la vida. Nuestro amor no tiene límites. Nuestro amor no ve barreras ni tiene obstáculos. Es cada vez más fuerte”, añadió.

Zeliris le acarició la cabeza. No hacían falta más palabras.

La misión

Ante la realidad de que dos de sus tres hijos serían operados, Iris Rodríguez y José Flecha no durmieron la noche antes. De madrugada, previo a la salida del sol, Joan y Zeliris les dijeron adiós. Se adelantaron al hospital desde un hotel de largas estadías en Dallas, donde otros pacientes cuentan las horas para su trasplante y algunos ya se recuperan.

Llegaron juntos, pero fueron separados poco después. Entonces comenzó la misión.

Primero, la nefrectomía. Zeliris entró a una sala de operación para la extracción de su riñón izquierdo, el que los médicos prefieren por tener una vena más larga que facilita el procedimiento. Los artistas, un robot y el cirujano colombiano Alejandro Mejía.

Para realizar la cirugía, las manos de este doctor, que ha completado cientos de trasplantes, controlaron desde una consola los cuatro brazos de la máquina.

Valorado en un par de millones de dólares, el sistema quirúrgico lleva el nombre “Da Vinci”, en honor al legendario pintor y anatomista italiano. La fama le precede. Por su precisión y tecnología de visión 3D, ayuda a minimizar el sangrado y las cicatrices. Y agiliza así la recuperación de los pacientes.

A Zeliris solo le hicieron tres incisiones diminutas y otra de cinco centímetros por donde extrajeron el riñón, cerca de su cesárea. Dos días más tarde, ya estaba fuera del hospital.

Segundo, el susto. Cuando sintieron una masa en la vejiga de Joan, los médicos paralizaron la operación. Antes de remover el riñón de Zeliris, un urólogo tuvo que hacerle una evaluación inmediata a su hermano para descartar cualquier tipo de cáncer.

Falsa alarma. El hallazgo: la vejiga estaba significativamente endurecida y pequeña por falta de uso. Desde hace dos años, Joan no puede orinar. Sus riñones solo funcionan al 4%.

Tercero, el trasplante. Al descartar cualquier condición grave, el momento más esperado se asomó por las puertas de una sala anexa. Allí estaba Joan, dormido, con su cuerpo preparado.

Limpiaron la sangre del riñón que extrajeron de Zeliris y lo pusieron en hielo. Richard Dickerman, un cirujano que ha completado sobre 3,000 trasplantes desde el 1973, cargó el órgano como un padre a su recién nacido.

Sin asistencia robótica, lo colocó en una fosa ilíaca de Joan, un hueco cerca de la pelvis. Lo conectó al uréter que se encarga de transportar la orina a la vejiga. Luego, cerró la herida.

A Joan nunca le removieron sus riñones dañados, una práctica común que disminuye las complicaciones y acelera la recuperación. Ahora tiene tres. Solo uno funciona.

Al rato comenzó a orinar. La cirugía había sido exitosa.

“Trabajamos en equipo”, comentó Mejía a los padres de Zeliris y Joan.

“Mis hijos son mi vida. Lloro de felicidad”, expresó Iris.

“Esta hija mía es una heroína porque el amor que ella siente por su hermano y por toda su familia es excepcional. Le doy gracias a Dios por tener unos hijos como los tengo”, manifestó José.

El problema

Hasta su operación, Joan fue una de las 357 personas en Puerto Rico que necesitan un riñón, lo que representa el 98% de quienes esperan por un donante compatible en la isla, según los registros de la Red de Obtención y Trasplante de Órganos (OPTN, en inglés).

Los datos oficiales reflejan que unos 113,300 estadounidenses urgen de un órgano, pero ese total se actualiza cada día. La mayoría, casi el 84%, requiere de un riñón. Los boricuas forman parte de esa estadística.

En forma de habichuela y más o menos del tamaño de un puño, los riñones son las poderosas fábricas químicas del cuerpo humano. También son los órganos que más se necesitan en el mundo.

De los 135,860 trasplantes realizados en el planeta durante el 2016, el 66% fueron de riñones, según el más reciente informe del Observatorio Global de Donación y Trasplante (GODT, en inglés), presentado junto a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Cuatro de cada diez de las cirugías se lograron gracias a un donante vivo.

Este par de órganos, ubicados en la parte inferior de la caja torácica, tienen la función de remover las toxinas de la sangre y el líquido excesivo a través de la orina. Eliminan los ácidos que el cuerpo no necesita. Mantienen los huesos fuertes. Balancean tus niveles de calcio y fósforo. Producen hormonas que controlan la presión sanguínea. Influyen en la creación de los glóbulos rojos que oxigenan el sistema.

Unas 850 millones personas tienen algún problema con sus riñones, indica la Sociedad Internacional de Nefrología (ISN, en inglés). Se estima que el 10% de la población global sufre de enfermedad renal crónica.

Sin embargo, muchos desconocen tener la condición hasta que es demasiado tarde. “Es silenciosa”, advirtió el nefrólogo puertorriqueño José Castillo Lugo. La diabetes, la hipertensión y otras variables como la genética figuran entre los principales factores de riesgo, explica el doctor que integra el equipo de trasplantes del Methodist.

Fuera de control, sin riñones saludables, Joan fue, hasta el pasado 14 de junio, su propia bomba de tiempo. Por cuatro años, mientras esperaba por un donante compatible como Zeliris, tuvo la sensación violenta de que todo le estaba fallando por dentro. El tratamiento de hemodiálisis limpió artificialmente su sangre y lo mantuvo vivo durante ese tiempo. Pero a veces creyó que el remedio era peor que la enfermedad: vómito, debilidad extrema, bajones de presión, intensos dolores de cabeza.

Desconectado finalmente de esas máquinas luego del trasplante, Joan planifica completar sus estudios universitarios, convertirse en farmacéutico, comprar una casa y explorar el mundo con energía. Sobre todo, quiere poder acostarse sin temor a no despertar.

Sabe que ahora es uno de los afortunados. Cada diez minutos, alguien se suma a la lista nacional de trasplantes en Estados Unidos, calcula la Red Unida para Compartir Órganos (UNOS, en inglés). En promedio, unos veinte estadounidenses mueren diariamente mientras esperan.

Pero hay esperanza. En la nación se realizan hasta 95 trasplantes por día, promedia la OPTN. Además, el total de cirugías, con donantes vivos y muertos, ha ido en aumento durante los últimos cinco años.

El reencuentro

El día del trasplante, sin siquiera abrir los ojos mientras iba despertando de la anestesia, Zeliris llamó a su hermano. Joan, al rato en otro cuarto, preguntó sobre ella.

Tres días más tarde, el gran reencuentro. Aún dolientes y medicados, los Flecha pudieron abrazarse otra vez. “Sentí alivio”, confesó el joven, consciente de los riesgos de su operación.

Joan carecía de fuerza, pero estaba sonriente y su cuerpo, por primera vez en mucho tiempo, daba indicios de recuperación.

“¿Te sientes nuevo?”, le preguntó Zeliris.

“Gracias a ti, soy un hombre nuevo”, fue la respuesta.

“Sabes que en otra vida no te lo voy a dar”, bromeó ella y él siguió el chiste: “No puedes porque solo te queda uno”.

Agarrándose las heridas, rieron a carcajadas.

“Sin pensarlo, decidiste darme este regalo de vida. Estoy lleno de amor. Es lo mejor que me ha pasado. Estaré eternamente agradecido”, aseguró Joan.

“¡Mi riñón es hyper, como yo! Disfruta de la vida, papi, y cuida lo que te di”, alentó Zeliris.

“Con toda mi vida. Gracias por ser como eres”, dijo el joven que tendrá que tomar medicamentos inmunosupresores y monitorearse constantemente, por el resto de su vida, para no rechazar el órgano.

“¡Ay, te amo! Valió la pena sentir el dolor que tengo”, exclamó ella.

Joan le respondió: “La vida es amor, sacrificio, muchas redes de sentimientos. La vida es luchar y ahora, para mí, disfrutar. La vida es este momento”.

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